¡Ju, Toro!

-¡Juanito, no te falta más que morir en la plaza!

-Se hará lo que se pueda don Ramón.

Considerada por la crítica como una de las mejores biografías del siglo XX, Chaves Nogales nos traslada a otra época en la sempiterna ciudad de Sevilla, lugar de nacimiento de Belmonte y donde se desarrolla el grueso de la obra.

Escrita en 1935, y de una actualidad innegable,  va narrando en primera persona, al punto de  fundirse con los pensamientos del torero, su vida y acontecimientos, desde su inicio en la Calle Alta de Feria, como se la conocía antiguamente.  Es una historia que despierta nostalgia, carácter y pasión, por unas costumbres y un modo de vivir que se han perdido ya en la realidad social de España.

Juan Belmonte coincide junto con Joselito el Gallo en la edad de oro del toreo. Rivales en las plazas, y amigos fuera de ellas, simbolizan dos estilos diferentes de torear y de vivir la vida.

El primero, empezó toreando como entretenimiento en la Plaza del Altozano como tantos otros niños que jugaban así. Años después, consagrado ya torero, aún no se atrevía a decírselo de sí mismo, fruto de una timidez marcada por sus duros inicios, en el seno de una familia muy pobre y humilde.

El segundo, de familia de toreros y buen mozo desde pequeño, daba grandes espectáculos desde muy pronto, familiarizado con el ambiente taurino y de un porte atlético tal, que era capaz de hacer verdaderas virguerías, todo lo contrario que Juan, que se jugaba el tipo en cada corrida, en las que tenía que ingeniárselas valiéndose del juego de brazos para hacer pasar a la bestia por donde él quería, sin  desplazarse casi del sitio. Los técnicos de la época sentenciaban <<Dénse prisa en verlo torear, que el que no lo vea pronto, no lo va a ver>>.

Dice Belmonte que a medida que iba entrando en el mundo de la tauromaquia sentía mayor cercanía con el toro y su mundo, y mayor rechazo a los toreritos aristócratas y sus charlatanerías, enchufismos, y a los donaires que se daban en los cafés.

Para él, el toreo era semejante a un ejercicio espiritual, en el que matemáticamente, todo quedaba retratado bajo los números ordenados en el espacio de la mente del torero y no había lugar en el que no pudiera gobernar al toro, todo le pertenecía.

Se aislaba en este ejercicio y sólo quedaban el toro y él, enfrentados, mientras se iban eliminando de su mente las gradas, el gentío y por fin, el universo. Es entonces cuando íntimamente iniciaba un diálogo con el toro, llamándolo, provocándolo, desafiándolo.

Esta sensación de aislamiento mordaz, de concentración, de supresión de las barreras de la plaza, encontraba su paralelismo en aquellas noches de sus inicios en el toreo en las que con su pandilla de amigos del Altozano, atravesaban el Guadalquivir bañados por la plata de la luz de la luna y armados de una chaquetilla toreaban, burlando la oscuridad y los rechaces del miura, sacado del campito de algún ganadero, con los focos reflectores robados del espectáculo de un circo flamenco.

El viejo torero malagueño Paco Madrid decía de él que era una rareza ya que siempre llevaba entre su equipaje para las temporadas, una maleta llena de libros. Cuenta una anécdota que estando vestido y preparado para salir a torear, hizo esperar a la plaza a que terminase de leer un libro del que le quedaban algunas páginas.

Era habitual verlo participar en las tertulias de los cafés en Madrid y en Sevilla, si bien escuchando mucho y hablando poco, en compañía de algunos miembros de la Generación del 27, de la que se le considera parte y de cuyo círculo mantuvo algunas de sus amistades más íntimas, como la de Ramón María del Valle- Inclán, al que admiraba muchísimo.

Siendo niño devoraba libros de aventuras, despertando su imaginación a tal punto, que se escapó con un amigo, convencidos de llegar hasta el África salvaje para cazar leones. No llegó más lejos que a Cádiz, si bien le valió para encontrar el mar, viéndolo por primera vez en su vida. Ese mar del que tanto habían oído hablar y que se les metía por los sentidos. << No habíamos descubierto el África salvaje, no habíamos cazado leones. Pero sabíamos ya cómo era el mundo. Le habíamos perdido el miedo. Teníamos sus secretos. Ya lo conquistaríamos>>.

Juan Belmonte, matador de toros. Para todos aquellos que aún tenemos leones por cazar.

 

Título del Libro: Juan Belmonte, matador de toros. Autor: Manuel Chaves Nogales


Crítica escrita por Joe P. Morgan.

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